miércoles, 30 de noviembre de 2016

80000 novedades editoriales al año y un diminuto éxito





Qué fácil es decir "esto da para secuela" o "esto pide más". Es fácil decirlo cuando por casualidad te encuentras con un personaje o una novela que cae en gracia y gusta, más o menos, mayoritariamente. Hombre, es un orgullo y un blowjob para el ego. Con Coburn me ha pasado, y me pasa. Un personaje o una historia que de simple tiene su punto.

Coburn nació en una conversación con Marc Gras, mi editor en Tyrannosaurus Books. ¡¡Cómo molaban las pelis setenteras de justicieros!! O algo así. Coburn no es el justiciero que habíamos imaginado. No es un Charles Bronson que debe vengar la muerte de su familia a manos de una banda de pandilleros del Bronx. Coburn es más el Carter que encarnó Michael Caine: un asesino a sueldo antipático y taxativo. Un tipo desagradable.

¿Pide secuela? ¿Merece la pena saber más de él? Yo creo que sí. Y no lo digo porque sea el autor ya que el cuerpo me pide variar con cada novela; pero me llama el "universo" Coburn. Tan irreal como una producción de serie B. Esos Estados Unidos; ese Nueva York o Los Ángeles, son la representación imaginada de lo que he experimentado como lector o espectador. Moteles, burdeles, depósitos de cadáveres o comisarías... no son las reales; no busco verosimilitud cuando la invención es más divertida. Pero claro, ha sido un éxito. Y a eso quiero ir. ¿Qué es un éxito editorial? Con más de 80000 novedades al año, Coburn es un mísero copo en el alud anual de libros que se editan en España. ¿Qué repercusión ha tenido? Mínima. Una nominación a un premio y reseñas positivas. Y ventas propias del espectro de la editorial. Al menos, la novela salió del ruedo de las redes sociales y llegó a lectores inimaginables hasta ese momento.

Para mí sí merece la pena escribir la secuela, como me ha merecido escribir el cómic que saldrá el año que viene. Por satisfacción propia y para satisfacer al lector. Porque ese tipejo se lo merece después de todo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El que no está no existe



El otro día me preguntaron que qué me pasaba, si había dejado de escribir, que hacía mucho tiempo que no sacaba nada nuevo.

Mi última novela salió en abril, escribo esto en noviembre, y algún relato he publicado en antologías mientras tanto. Pero no cuenta, no estoy, no existo.

Abandonar las redes sociales me ha convertido en un fantasma literario. Soy como esos artistas de segunda que fallecen en el mundo del espectáculo si no están bajo los focos constantemente. Como una vedette de los cabarettes que se toma vacaciones en un teatro de pueblo.

Unos meses sin sacar novela y ya estoy fuera del mercado. Cierro los perfiles de las redes y no estoy en la pomada. Si no cuento mis logros no los tengo. No sirve de nada escribir en soledad, estudiar y disfrutar de la vida. Profesionalmente estoy ido pese a que estoy trabajando bajo el amparo de una nueva editorial. No vale.

Hemos llegado al extremo de la inmediatez. Novelas nuevas cada pocos meses, proyectos brutales cada dos por tres. No se puede echar el freno porque otros te escalan la espalda. Ja.


miércoles, 13 de julio de 2016

Exilio




Me abrazo al exilio. Exilio de las redes sociales, del tiempo perdido, de opiniones y chascarrillos bombardeándome el cerebro con una constancia enfermiza. He decidido romper el escaparate de una pedrada y marcharme sin ver los cristales rotos. Me aburro; me satura la exposición continua y el tener que alimentar un personaje. Pasan los meses, los años, y cebo a un fantasma absurdo que no soy yo, que no quiero ser yo.

La profesión no debe ser eso. Escribir no es una carrera de egos o de quejas, de alegría fingidas o reales, de ventanas abiertas permanentemente. Y, lo repetiré más veces, me aburro. Después de unos años a un ritmo increíble no puedo más. Necesito tiempo para leer, para levantar la cabeza del móvil, para divertirme con la gente de carne y hueso. Cero polémicas, debates y opiniones. No quiero saber qué opina todo el mundo sobre el tema de moda, me la pela. Quiero volver atrás tecnológicamente porque me da igual qué le pasa a todo el mundo a todas horas. Ya me cuidaré yo de estar pendiente de mis seres queridos.

Seguiré escribiendo, seguiré con mis rollos y con el blog: un altavoz unidireccional que me es más cómodo.

Me caéis muy bien pero no quiero estar metido en vuestras movidas todo el día. Es la hora de veranear, de ser piel y celulosa.

miércoles, 8 de junio de 2016

La mirada de los mil metros







Escritores noveles, futuribles, bisoños, empujados por el ímpetu incombustible del entusiasmo. ¡La pasión! Empezáis a escribir con la idea en mente de no ser uno de tantos que esconde sus historias en una carpeta del ordenador; tan escondida que es más fácil de encontrar que el historial de navegación que habéis borrado. No. No hay dolor. Esto es como uno de esos cursos de superación personal. ¡Sal de tu zona de confort! ¡Dale caña!

Estás motivado al cien por cien. Tienes una historia y la vas a contar. El infinito es el techo y todo eso. Hasta que te encuentras con el escritor de la mirada de los mil metros, o como se pondría en plan molón: El Escritor de la Mirada de los Mil Metros. 

El escritor de la mirada de los mil metros es fácil de encontrar y fácil de reconocer. Está en las redes sociales, en los blogs, en los cursos de escritura, en persona... Abundan. ¿Y qué es un escritor con la mirada de los mil metros? Es el que (supuestamente) lo ha visto todo, el que está de vuelta, el resabiado, el que se ha comido mucha mierda. Lo que llamaríamos un hater ahora o simplemente un "amargao". Porque sí, amigos, la escritura promete grandes cucharadas repletas de amargura. Y el escritor de la mirada de los mil metros siempre tiene un plato enorme y de fondo insondable que quiere compartir contigo.

Si le cuentas tus proyectos te dirá que publicar está muy difícil y que es imposible conseguirlo sin un padrino. Después te narrará su batalla contra los elementos y cómo lo hizo sólo, cual Leónidas, el último espartano. "Pero ese es un caso excepcional", te dirá. "Algo propio de gente de calidad. Tú no lo conseguirás."

Si le cuentas que acabas de firmar un contrato se rascará el mentón y la ya famosa mirada se encenderá como alumbrada por un foco. Entonces, te dirá que esa editorial es modestita, que no tiene promoción y que ha vendido tu alma por una miseria. Te contará cómo estuvo a punto de petarlo pero que apareció la "mano negra" y todo se fue al garete. Atención: el término "mano negra" va unido al autor de este tipo. La mano negra es importante para él. Es casi una figura entrañable.

Si le dices que eres feliz simplemente escribiendo chasqueará la lengua y te observara como se hace con un niño pequeño que ve Bob Esponja con expresión ausente.  Asentirá y posiblemente te coja del hombro. "Eso está bien, tío. Eso está bien." El escritor de la mirada de los mil metros será feliz porque hay uno menos para chupar de la teta seca del mundo editorial. 

A lo mejor nunca lo habéis conocido o nunca os cruzáis con alguien así. Bien. Enhorabuena. Pero están ahí, agazapados en los teclados o tras un vaso de cerveza. Siempre hay uno. Y si no hay uno, posiblemente tú seas el escritor de la mirada de los mil metros. Tal vez yo lo sea después de todo.



lunes, 6 de junio de 2016

Pozos de ambición





Abres el ordenador con la firme convicción de que te vas a poner a escribir del tirón. No te quieres parar ni en el
correo que no recibe más que notificaciones de spam. Vas a tope. Quieres darle un bocado más a la tarta del éxito literario. Tienes tus libros, tus lectores, tu nombre escrito en la barra de hielo de las redes sociales. Todo depende de ti, de tus tecleos, de tus horas frente a la pantalla juez/jurado/ejecutor del ordenador... ¿Para qué sirve todo esto?

La ambición es un pozo oscuro, un agujero negro eternamente insatisfecho. ¿Se alimenta de ego? ¿De "me gustas"? ¿De reseñas? La ambición es la aguja llena de caballo y el escritor sólo tiene que apretar más la goma alrededor del brazo. Que se note bien la vena. La ambición es un motor potente dentro de un chasis de papel. Una vez que estás montado en el coche y has probado un par de vueltas estás enganchado. Escribes una novela, dos, tres, seis... Y el listón está ahí, pesando más que las ideas o el propio interés por escribir. Una novela al año; proyectos, que te ofrecen. Estar ahí, en la pomada, en las entrevistas. Una más, un poco más. Llenar un currículum que todo el mundo olvida a los tres minutos. Somos muchos y todos somos especiales. Todos tenemos un éxito descomunal y firmamos hasta que se nos agarrotan las manos. Somos la caña. Somos escritores españoles de género. 

La ambición es leer con las gafas empañadas. No sirve si te quieres divertir. Te corroe. Es el Lado Oscuro de la Fuerza. Incluso ante el verdadero éxito la ambición sirve para dejar mal sabor de boca. Es la última pipa rancia que te llevas a la boca sin tener un vaso de agua a mano. Escucho las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Has vendido los derechos de tus libros? ¿Cuándo vas a cambiar de editorial y vas a fichar por una "grande"? Como si importara. Como si mi futuro vital dependiera de todo esto. He escrito y he publicado más de lo que tenía pensado hacer jamás. He llegado más allá de donde quería llegar. Más alto y más rápido de lo soñado. ¿Que qué quiero? Quiero divertirme, escribir cuentos y disfrutar de mis amigos y mi familia. No quiero más.

Seis novelas en menos de tres años es más que suficiente por ahora. Ahora quiero escribir una historia más de Coburn y hacer que el cómic vea la luz. Por mí, porque hay una editorial interesada y porque es la última historia que quiero hacer. Se lo debo a ese cabroncete y se lo debo a un puñado de lectores. Pero no me lo debo a mí. Lo hago por amor al arte. Como siempre ha sido. Salgo del pozo de la ambición sacudiéndome el polvo. Pero salgo.