jueves, 11 de mayo de 2017

Ya no quedan junglas adonde regresar.




Ayer me quedé despierto hasta las tantas. Maldita sea. Tenía que madrugar y mirar el reloj era como añadir años a una condena. Pero ahí estaba, la pinza entre mis dedos y la contraportada del libro disminuía a buen ritmo y tenía fresca la mente. Había que acabarlo. Porque "Ya no quedan junglas adonde regresar" es un libro de esos: de los que hay que acabar porque te tienen entre la sonrisa cómplice y el subidón, entre el reconocimiento y la sorpresa; entre lo que ya crees añejo y la frescura.

"Ya no quedan junglas adonde regresar" es la primera novela de Carlos Augusto Casas. Y la primera es una diana en el bronco mundo de la acción criminal, del negro, del harboiled patrio. Es hielo donde todo está cocido y recocido, y la capacidad de sorprender al lector habituado a estos lances es prácticamente imposible. Labor de audaces. 

Esta novela es, como no puede ser de otra forma, una historia de venganza. Porque todo lo negro se mueve por culpa de ese fantasma que nos sonríe amigable cuando no nos queda más opciones que dejar de pensar y verlo todo teñido de color rojo. Y eso le pasa a nuestro protagonista: El Gentleman. Un anciano, un ser invisible de los que permanecen al margen de la vida y que no tiene más esperanza que las palabras pagadas por Olga, una prostituta de la calle Montera. El punto de partida podría verse en color sepia. Y como pasa en los cuentos tristes y violentos la muerte acecha en forma del hombre poderoso: cuatro abogados tan ricos como podridos que tendrán toda la atención de un justiciero setentero (en todos los aspectos) El Gentleman vuelve a la vida y se ha dado cuenta de que le es fácil matar y que la venganza no es la losa que dicen.

Carlos Augusto Casas tira de diálogos rápidos, sentencias adecuadas, como disparos o puñetazos bien colocados y alejados del artificio del que no conoce el idioma ni el argot. El autor sabe qué y cómo se dicen en este Madrid real. Sus personajes se dibujan con el trazo necesario y parco, donde lo mejor de ellos está dicho por su boca y el resto es la imaginación que le ponga el lector, que ya está sumergido en el ambiente. El Gentleman, que como buen héroe no tiene más pasado que el necesario, está rodeado de personajes marginales en lo social, que rayan el extremo y amenazan con dar la vuelta al tópico sin caer en la parodia o la caricatura. Desde el asesino imbatible y humano, hasta el secuaz gilipollesco y jartible; desde la putas, hasta los chulos que tienen su merecido; los poderosos, los viciosos, la policía que es resorte de los giros más importantes de la novela... Todo pasa rápido, como un tiroteo, como las desgracias. Y todo se lee con la sensación de que el cuento nos suena pero está demasiado bien contado; que he echado un rato increíble y que para esto sirve la Literatura: para cerrar el libro y pensar: ¡Coño, qué bien!

domingo, 9 de abril de 2017

Perro no come perro.





Atentos a la imagen. Un fontanero va a tu casa porque, no sé, la cisterna de tu váter pierde agua desde el principio y no has sido capaz de arreglarlo. Se mete en el cuarto de baño, se rasca el mentón, te mira con esos ojos llenos de sabiduría ancestral y te dice:




―Madre mía lo que le han hecho. ¿Seguro que fue un fontanero?


Es un ejemplo, ¿vale? Un profesional que juzga el trabajo de otro porque sí, porque le parece bien como elemento de autoafirmarse criticar a un igual. Pues entre escritores se da mucho. El otro día, en estas redes sociales de Dios, alguien puso un extracto de la última novela de Pérez-Reverte y se abrió la veda. Cachondeo a tope, gracietas y valoraciones sobre la calidad literaria del escritor. Jajajajajajaja. Y pongo a Pérez-Reverte porque tiene el agravante de personaje per se. Es una diana perfecta.




En ese momento no le di importancia. Pero pasó el tiempo y empezó esa molestia interna, ese calentón silencioso que me entra de vez en cuando con razón, o no. Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia de la Lengua desde hace más de diez años (la letra T si no me equivoco); y creo que ha demostrado del derecho y del revés que escribe bien. ¡Ojo! No dio que te guste o no. Sino que escribe bien. Lo justo para ser un autor reconocido y, repito, ostentar una letra en la Academia de la Lengua. Y me dio coraje la burla que se le hizo. No porque me guste más o menos este hombre, sino porque, ¡joder! es que el extracto no estaba mal escrito. Además de que la valoración no se hacia desde el punto de vista de un lector sino como escritores. Pero había que reírse y, sobre todo, quedar por encima. Y he escogido a Pérez-Reverte por no irme a lo fácil y escoger cualquiera de mis novelas o de las de otros. ¡Qué risas íbamos a echarnos!




Vamos anda. Perro no come perro. Es un dicho muy habitual que denota cierto corporativismo pero que acompaña una manera de comportarse. Yo, como escritor, no tengo razones para valorar la prosa de forma destructiva de otro "compañero" porque mi faceta de autor me lo impide. El como la imagen del fontanero que se frota el mentón y te dice que lo que ha hecho su compañero es una mierda y que él lo hace mejor. 




Para criticar a otro escritor en público debería escribir mejor que él y poder demostrarlo. Así pienso yo. No puedo decir que una novela es una mierda y quedarme tan pancho. Lo puedo pensar, puedo comentarlo de forma privada si se me pregunta; pero ¿darme el golpe de pecho y atacar una obra para reafirmar mi propio ego? No está bonito, como diría mi mujer.




Y pasa, y probablemente yo lo haya hecho. Porque soy muy guay a veces y te vienes arriba, porque crees que lo sabes todo y en realidad sólo estoy rascando la puntita del iceberg de la escritura. Porque desechar una obra o un autor es signo de modernidad y esnobismo. Porque nos coloca en un altar moral en el que se está muy bien. Desde la altura los escupitajos no llegan fácilmente.




¿Entonces un escritor no puede opinar? Claro que sí. Igual que todos. Pero hablamos de profesionalidad, de dominio de las herramientas y de la crítica constructiva. No de las sobradas ni del altar. Porque del escrutinio de bisturí y diccionario en la mano no se salva casi nadie. Yo creo que me estoy explicando. Como lector tengo mis manías, mis filias y mis fobias inexplicables, pero como escritor sólo me permito hablar de lo que me gusta. No gano nada destrozando una novela o a un escritor que tal vez lo haga mejor de lo que yo lo hago. Porque es muy fácil sacar la lupa y analizar un trabajo desde fuera y pasar por alto los fallos propios. 




Perro no come perro.

viernes, 31 de marzo de 2017

A vueltas con las antologías.




Acaba de salir a la venta la antología "Aquel extraño hombre alto" de la editorial Palabras de Agua. Ahí, a cuatro manos con Juan de Dios Garduño, está colocado un relato mío. Es una muesca más en el revólver que uso para las antologías. Una alegría literaria porque el concepto mola y los autores que participan son, casi todos, conocidos y amiguetes Esa es una de las gracias de las antologías. Esas que muchos llaman compendios de amiguismo, reunión de escritores "del facebook" -me maravilla esa expresión porque denota autores que están y que no están- o inventos saca cuartos de las editoriales para sacar pasta de los familiares y amigos de los escritores. Todo muy positivo, ¿verdad? Normalmente eso se dice desde la barrera del que no tiene mucha idea o ha sido rechazado en más ocasiones de las debidas.

Las antologías parecen no ser tomadas en serio salvo por los autores, y no siempre, por las editoriales. Suelen funcionar moderadamente bien si se promocionan y los autores suenan a los lectores. No es lo mismo un Bueso o un Sisí que un Gómez Menéndez o un Drizzt Taragaryen, la verdad (y puede parecer injusto, y lo será, pero es así). El tema debe tener pegada  y el acabado debe ser profesional. Justo como en una novela pero con más gente involucrada y más quebraderos de cabeza.

Yo he dejado de aparecer en antologías salvo cuando me lo pide un amigo o me mola un huevo el tema que trata. El resto es un "no, gracias. Muchas gracias por pensar en mí". ¿Por qué? Muchos, tú también, podéis pensar que soy un desagradable o un snob. Que me lo tengo creído. Puede ser. Pero también puedo decir que participar en una antología es una experiencia que va desde lo mejor al coñazo y la frustración más absoluta. Y nunca he sido coordinador de la misma ni editor. Eso tiene que ser la muerte a pellizcos.

No participo en más porque considero que estoy mayor para mareos y porque hay otros autores que merecen el sitio más que yo. Publicar en antologías te abre puertas y te eleva el ego. Eso es un hecho. Pero es fácil caer en convocatorias donde se pierde el tiempo y el trabajo de mucha gente porque, o no se tienen las cosas claras o el sombrero de editor no es de la talla de todo el mundo. Y cansa, y frustra. Y no es por dinero porque en el mundo de las antologías el autor no se lleva normalmente un duro. ¡ES BASTANTE PAGO EL HABER SIDO PUBLICADO! Eso se lee mucho.

El sistema es así y ole los cojones de los que se arriesgan a sacar una antología que apenas se va a vender. Yo hablo como autor, como el autor egoísta que soy, simplemente. Pero cuento la batalla como me va. He participado en muchas y con muchas editoriales diferentes y el trato ha sido siempre muy bueno. Agradecido y emocionado, como se suele decir. La parte oscura, amarga y desconocida es la de todos esos proyectos con plazos y prisas que se quedan en el limbo porque editar no es tan fácil como parece o después de todo no es rentable sacar un libro de relatos al mercado. Pero ofrecer ilusión con toda la buena intención del mundo sigue saliendo gratis. 

Y ojo, amable lector, esto es un post personal. Las antologías molan, curten y desfogan. He leído cosas brutales en antologías. He descubierto a escritores geniales gracias al hueco de pocas páginas que proporciona una antología. Si ves un libro de cuentos de autores españoles seguro que valdrá la pena. Pero no todo el monte es orégano. 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aproximación personal a Isaac Asimov





Si se tiene algún interés por el género de la ciencia ficción hay que pasar en algún momento por Isaac Asimov. Otro sería Bradbury o Arthur C Clarke, por supuesto, pero es el autor de origen ruso quien llenó mi corazón y estómago de lector adolescente.

Conocí a Asimov una tarde de compras familiares en un centro comercial a principios de los noventa. En esa época, como ahora, me paraba en cualquier sección de librería y aquella vez conseguí que me compraran un recopilatorio de historias de robots de Isaac Asimov. Ciento noventa y cinco pesetas y una edición delgadita y sudamericana, en papel medio regular. La portada no era especialmente atractiva pero recordaba al autor de la peli Un viaje alucinante. Allí me encontré con las tres leyes de la robótica. Y me quedé prendado.

Después llegaron más antologías y todos los libros que podía pillar en bibliotecas o en librerías de segunda mano. Era una fuente inagotable. Mi protoescritor alucinaba ante tanta producción y despliegue de imaginación. Su mundo de robots me pareció, y me parece, tan real y coherente que parecía contemplar un mundo verdaderamente futurista en sus páginas. Yo, una mente virginal que venía de flipar a tope con Star Wars y los cómics Marvel, me vi asaltado por todo ese poderío y me prometí intentar hacer algo parecido. Empecé a escribir relatos con la misma temática: robots, leyes incumplidas y finales con giro. Quería ser el Asimov español, adolescente e ignorante.  Más tarde descubrí la Fundación y eso fue como un fatality de Mortal Combat directamente. Con el paso del tiempo descubrí que había reinterpretado la caída del Imperio Romano en vertiente cósmica. Pura space opera que yo devoré y glorifiqué. Misterio, intriga, psicohistoria... Lo tenía y lo tiene todo para enredarme en una trama más grande que las propias galaxias y el tiempo. Una epopeya.

Isaac Asimov me ha marcado como lector y escritor. Asimov me ha enseñado a ser ambicioso en las tramas, a planificar, a intentar maravillar al lector. También me ha enseñado que se puede engatusar al lector sin artificios ni sacadas de miembro. Una historia: a contarla y punto. Hacer ameno casi cualquier cosa, entretener, divulgar, remover el interés por lo que hay más allá de la cúpula del cielo. Eso no tiene precio. Eso hace inmortales a los autores más allá de las críticas especializadas.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Aproximación personal a Stephen King









Personal, subjetiva con algún dato biográfico que importará entre cero y nada. Stephen King: el midas literario de  Maine. Este blog literario y personal debería acercarse al borde del abismo y hablar de esos referentes literarios que me darían cero visitas y una imagen de soplapollas bastante importante. Me imagino diciendo que mis principales referencias son un Bolaño tardío, el islandés Halldór Laxness y me entra la risa floja. Podría hacerlo ya que sólo tengo que hacer dos cosas: buscar en google y mentir. Pero internet está lleno de pedantería; tanta que uno más puede rebasar el vaso y podría generar una implosión que nos dejara a todos más tontos de lo que estamos. Y no quiero eso.

Si tengo, que tampoco existe razón alguna, que retrotraerme a mis lecturas adolescentes se me aparecen con efecto culo de vaso dos rostros: Asimov, otro que caerá más pronto que tarde, y Stephen King. Son dos rostros entre decenas de hombres y mujeres que me han convertido en el monstruo en el que me he convertido. Podría empezar por esa versión acortada de Moby Dick, por las novelas de Stevenson, Salgari o Verne... pero me ha dado por King. Será porque de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda marcar el suelo con dos posturas enfrentadas: odio y amor. Ambos incondicionales.

Hablar de King es hablar de las novelas de bolsillos rojas de Plaza & Janés en un puesto playero. Giraba el expositor y la mente me explotaba con esas portadas minimalistas y la promesa de un horror inmaginable en las contraportadas. ¡Y también había películas de sus libros! Años ochenta y noventa explotando en vuestra cara. King era libro de mayores por temática, sexo y extensión. Eran tochos que bebía como si se tratara de una competición veraniega. Recuerdo empujarme Insomnio y La Tienda en una maratón brutal. Y quería más. Gracias a préstamos pude leer mucho de King. Aprendí a reconocer su voz y a disfrutar con la recurrencia de algunas de sus tramas. Jugaba a adivinar sus tics estructurales y esa forma tan particular de cerrar sus tramas. Un King adicto confeso.

Luego, y pasa con autores como King, llegó el hartazgo. Estaba embuchado, empachado de King. No podía más. Ni una página más durante años. Y llegó internet y la corriente negativista. "Que si King se repite", "que no es un buen autor"... Leía entre conforme y escamado. Y no era por las ventas o el éxito comercial. Una pequeña vocecita me decía: tío, ¿cómo es posible que alguien que ha influenciado a tanta gente sea un mal autor? No cuadra. Pero cualquiera dice nada. Válgame Dios. Si King es un autor pasable con más suerte que talento, lo es y punto.

Pero no. Es más, después de experimentar las mieles y la hiel de la escritura profesional, puedo decir que Stephen King tiene más mérito del que se le da en los circuitos literarios. ¡Ey, esto es una aproximación personal, no te olvides! Vuelvo al concepto voz. ¿Sabes, amable lector, lo que cuesta que cualquier lector te reconozca en una novela? Es un trabajo de estilo y depuración que no tiene precio ni posibilidad de dimensión. Es encontrar el Santo Grial metido en el Arca de la Alianza. Y King lo tiene desde Carrie, chaval o chavala. Y después de decenas de novelas y relatos lo sigue teniendo. Esa es otra: la producción de King es proverbial. ¿Es posible que un director de cine sostenga la misma calidad en, no sé, dos o tres películas? No. Pero en Literatura, y en el caso de King, se le pide acertar en la diana siempre. Si no es así, es un bajonazo o ha perdido el toque. Y es un huevo de producción. 

Otra virtud es la temática: no he encontrado un retrato más profuso, real y a la vez imaginado de la sociedad norteamericana que en sus obras. El terror nunca es el fondo de la trama. Nunca. No va de vampiros, ni de fantasmas, ni de coches encantados... va de una sociedad más allá de las individualidades. Siempre. Buick 8 cuenta cómo un coche es capaz de abrir agujeros dimensionales desde su maletero. Es una de sus obras más criticadas. Un peñazo, según algunos. A mí me gustó porque retrató la pérdida del protagonista a través de un argumento manido y de pura serie Z.

Leer a King produce placer si no es un plato único. No recomiendo a nadie que quiera dedicarse a escribir que se convierta en un clon de King. Por el mero hecho de que es imposible. Muchos lo han intentado y quedan rezagados por la falta de capacidad o por lo que se les ve el percal. Eso sí: de King hay que envidiar su voz, su éxito y su tiempo para escribir. E intentar hacer las cosas cómo se pueda y con esfuerzo. Y a disfrutar de uno de los autores vivos más amados y odiados dentro de la Literatura.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

80000 novedades editoriales al año y un diminuto éxito





Qué fácil es decir "esto da para secuela" o "esto pide más". Es fácil decirlo cuando por casualidad te encuentras con un personaje o una novela que cae en gracia y gusta, más o menos, mayoritariamente. Hombre, es un orgullo y un blowjob para el ego. Con Coburn me ha pasado, y me pasa. Un personaje o una historia que de simple tiene su punto.

Coburn nació en una conversación con Marc Gras, mi editor en Tyrannosaurus Books. ¡¡Cómo molaban las pelis setenteras de justicieros!! O algo así. Coburn no es el justiciero que habíamos imaginado. No es un Charles Bronson que debe vengar la muerte de su familia a manos de una banda de pandilleros del Bronx. Coburn es más el Carter que encarnó Michael Caine: un asesino a sueldo antipático y taxativo. Un tipo desagradable.

¿Pide secuela? ¿Merece la pena saber más de él? Yo creo que sí. Y no lo digo porque sea el autor ya que el cuerpo me pide variar con cada novela; pero me llama el "universo" Coburn. Tan irreal como una producción de serie B. Esos Estados Unidos; ese Nueva York o Los Ángeles, son la representación imaginada de lo que he experimentado como lector o espectador. Moteles, burdeles, depósitos de cadáveres o comisarías... no son las reales; no busco verosimilitud cuando la invención es más divertida. Pero claro, ha sido un éxito. Y a eso quiero ir. ¿Qué es un éxito editorial? Con más de 80000 novedades al año, Coburn es un mísero copo en el alud anual de libros que se editan en España. ¿Qué repercusión ha tenido? Mínima. Una nominación a un premio y reseñas positivas. Y ventas propias del espectro de la editorial. Al menos, la novela salió del ruedo de las redes sociales y llegó a lectores inimaginables hasta ese momento.

Para mí sí merece la pena escribir la secuela, como me ha merecido escribir el cómic que saldrá el año que viene. Por satisfacción propia y para satisfacer al lector. Porque ese tipejo se lo merece después de todo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El que no está no existe



El otro día me preguntaron que qué me pasaba, si había dejado de escribir, que hacía mucho tiempo que no sacaba nada nuevo.

Mi última novela salió en abril, escribo esto en diciembre, y algún relato he publicado en antologías mientras tanto. Pero no cuenta, no estoy, no existo.

Abandonar las redes sociales me ha convertido en un fantasma literario. Soy como esos artistas de segunda que fallecen en el mundo del espectáculo si no están bajo los focos constantemente. Como una vedette de los cabarettes que se toma vacaciones en un teatro de pueblo. El crepúsculo de los dioses en versión escritorzuelo. Me abrazo a los ejemplares de mis novelas y las releo entre sollozos e hipidos. Una nueva/vieja gloria que desaparece hundida en el mar de los escritores. Esa es la imagen que puedo proyectar después de todo. Y, joder, es todo lo contrario.

Unos meses sin sacar novela y ya estoy fuera del mercado. Cierro los perfiles de las redes y no estoy en la pomada. Si no cuento mis logros no los tengo. No sirve de nada escribir en soledad, estudiar y disfrutar de la vida. Profesionalmente estoy porque no exhibo el plumaje, porque "no lo estoy petando" en las redes sociales; porque no hablo de los proyectos y proyectos que se acumulan sobre la mesa, y no rezo a los dioses virtuales que me den más horas del día para poder afrontar todo lo que se me viene encima. Está muy bien estar a tope de power constantemente, como una pulsión o el prurito irremediable del caniche en celo pero yo no puedo más después de seis novelas y mucho tiempo perdido. Un libro en la mesita de noche y tiempo para pensar: eso no cuenta. No es válido. 

Hemos llegado al extremo de la inmediatez. Novelas nuevas cada pocos meses, proyectos brutales cada dos por tres. No se puede echar el freno porque otros te escalan la espalda. Ja. Eso no es ser escritor, ni autor, ni bisoño, ni proyecto de nada. No es posible ser libre sin estar pendiente del ego y de lo que hacen los demás. Después de un tiempo prolongado sin preocuparme de lo que diga el muro de las lamentaciones, las alegrías y las proyecciones, te empiezas a dar cuenta de que se puede currar sin todo eso, que escribir es una pelea personal que no le incumbe a nadie y que el tiempo empleado en debates inanes es tiempo perdido. Siempre.

Mi paz os dejo, mi paz os doy, queridos amigos. Prefiero el deleite de la individualidad del anciano sistema bloguero a la jungla de los mil ojos y las mil lenguas. Mi perfil está abierto por temas editoriales y mis amigos, que los hay y buenos, me tendrán a un mensaje. Para el resto, hasta más ver.